24 de septiembre de 2011

EL VALOR DEL SILENCIO


Por: Antonieta B. de De Hoyos

Los problemas y las complicaciones que en la actualidad angustian al ser humano están rodeados de ruidos estridentes. En la calle, en la casa, en el trabajo, donde quiera que sea estamos expuestos al ruido y este solo se reduce cuando nos vamos a dormir. Durante el día, los sonidos externos nos intranquilizan, por eso cuando llega la hora del sueño, lo único que deseamos es descansar el cuerpo y la mente.

El ajetreo de la vida diaria ha devaluado al silencio, a los momentos de paz y de relajación que ayudan a aplacar los impulsos, terminan con las discusiones innecesarias, impiden  que  los conflictos crezcan entre las personas y en muchas ocasiones, dan solución a verdaderas tragedias. Cuando practicamos el silencio, conocemos lo más puro de nuestra persona, el  “alma”.

El silencio y el tiempo curan las heridas del alma, si lo practicáramos no habría tanta gente sufriendo hoy alrededor del mundo, porque el silencio y la meditación conducen a la paz mental.
Ser modernos exige vivir en lo exterior: diversiones, viajes, trabajo, cine, radio, televisión, deporte, fiestas, internet, celulares, mensajitos telefónicos, face book, chat, twiter y más. Ahora vivimos contra reloj, ignoramos hacia dónde vamos, nos autodestruimos.
 
Es urgente que encontremos unos minutos de silencio antes de acostarnos y al levantarnos, conocernos a nosotros mismos, saber cuáles son nuestros valores y principios, aprender a amarnos, para lograrlo tenemos que alejarnos de ese ruido “infernal” que nos impide pensar. No tengamos miedo al silencio, es un espacio maravilloso, ideal para escuchar a Dios.

La persona silenciosa sabe quién es, conoce su historia, da sentido a su vida, reconoce límites y capacidades; se sabe persona con sentimientos, deseos, amor…se respeta. Los creyentes sabemos que Dios está en el silencio y que Él es nuestro cimiento.

La persona educada en el silencio: no se asusta con nada ni por nada, las cosas no son su columna vertebral, por eso nunca se tambalea; es profunda, llega al corazón de la realidad, no se queda en lo que pasa, analiza, ubica y supera el momento. El silencio no es su escape cuando las cosas van mal, al contrario se queda silente, necesita oír lo que Dios quiere decirle y que cambiará su existencia. No hay juicios, se busca la luz que viene de fuera y la iluminación interior. Es feliz y hace seres felices.

Por todas estas ventajas, sería conveniente que los niños y jóvenes del tercer milenio conozcan, ejerciten y disfruten del silencio, para que lo valoren.

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